Los principales puntos de interés que recorrimos son:
La Partida
Yucatán es el nombre de la península oriental y más grande de México. Estas notas de viaje corresponden a una visita en automóvil que hicimos los primeros días de julio de 1998.
Partimos de la Cd. de México a eso de las seis de la mañana. Como es verano amanece mas temprano y pudimos manejar un buen rato antes de sentir el sofocón del calor tropical.
Tomamos la autopista a Puebla, continuamos por la de Veracruz y seguimos por la de Coatzacoalcos. Para transitar por las autopistas llevamos un costal de dinero pues estas son costosas pero en extraordinarias condiciones. Así pues, se puede ir rápido.
Los primeros cuatrocientos kilómetros pasaron en un santiamén. Fue hasta llegar a Villahermosa (700Km), en donde paramos a cargar gasolina, que sentimos el calor: un sol quemante, aire húmedo y caliente y el cuerpo, protestando por el golpe de calor, comenzó a sudar como para apagar un incendio pero solo logró que la ropa se nos pegara.
Lleno el tanque, de golpe nos tomamos buenos tragos de agua, pusimos el aire acondicionado y las mejillas, en un reflejo involuntario, se contrajeron para llenarnos la cara con una sonrisa. Habíamos pasado de una madrugada a 15·C a un mediodía de 38·C.
Comimos nuestras tortas que llevábamos para el viaje, tres para cada uno. De queso con aguacate, de jamón con queso y aguacate y de aguacate con queso y cebolla. ¡Si!, nos gusta mucho el aguacate. También, ya con la experiencia de haber muerto de sed muchas veces, esta vez llevamos 3lt de agua por cabeza, de manera que en el viaje no nos faltó, tuvimos hasta para ponernos en la cabeza y sentir un poco de fresco.
Como el aire acondicionado nos daba la impresión de que afuera no hacía calor, a veces lo apagábamos, para encenderlo de inmediato al comenzar a sudar.
Pasamos la desviación a Palenque y continuamos hacia Escárcega. Llegamos vimos y nos fuimos, pues nuestro destino el primer día era llegar a Campeche (1,200Km). Un rato después llegamos a Champotón y con él vimos el mar. Un mar sosegado, colorido y fragante, acompañado de ese calor húmedo y penetrante que tiene el trópico.
Como no ibamos a parar nos prometimos visitarlo en otra ocasión, la visión del paraíso se transformó en recuerdo y después de diez horas de estar sentados nos volvimos a animar.
En poco mas de una hora después estábamos a la puerta de Campeche, después de doce horas de manejo duro nos ganamos la primera noche.
Campeche es una muy bella ciudad costera. Una muralla la protegió siglos hace de los embates de piratas. Ahora ella es el pretexto para un conjunto de jardines que separan la parte vieja de la ciudad de la nueva.
Era sábado, dejamos las cosas en el hotel y fuimos a la Plaza principal. Había música viva y numerosos puestos de comida. La concurrencia se repartía entre ser espectador y ser viandante. Algunos no sufrían la decisión y participaban en ambas actividades.
Nosotros nos sentíamos dentro de un sauna, sudando a mares y una sed similar a la que tiene uno después de no probar agua durante 8 meses en el desierto del Sahara, no, en el de Gobi en verano. Buscamos, encontramos y saqueamos una tienda de helados y agua fría. Puff, hasta mareado me sentía.
¿Cenamos?, no sé, creo que no porque nos empanzamos de agua. Nos fuimos a dormir y con el canto dulce y monótono del ventilador del cuarto nos dormimos hasta las 6 del otro día.
Después de levantarnos fuimos a desayunar a un restaurante que está en la esquina de la Plaza, del lado poniente. Es un lugar ya de muchos años, si bien es modesto, tiene el calor de servir platillos preparados con amor al oficio, con el sazón y cuidado que le ponía mi nana a mis alimentos.
Hace muchos años, en la cena, pedí unas campechanas de postre. El encargado del restaurante abrió los ojos para inmediatamente entrecerrarlos y verme con indignación, me dijo que fuera a otro lado a buscarlas. Yo, sorprendido, le pregunté si ... ahhh, caí en cuenta, si bien lo que yo pedía eran unos panecillos dulces hojaldrados, que conocía como "campechanas", para él, en Campeche, se trataba de unas damas, también muy dulces y delicadas, que no prestaban sus servicios en su fonda.
Repusimos nuestra dotación de agua y nos pusimos en marcha. Ese día visitaríamos Kabah y Uxmal, para, en la noche, llegar hasta Cancún.
La carretera, el camino largo a Mérida, es de dos carriles, abrazada por la vegetación, corriendo sobre lomas suaves que a veces permiten ver el otro mundo: un oleaje verde que se extiende hasta donde la vista alcanza. El enorme cielo azul se recarga en nubes blancas y esponjadas que, bajo su presión se deslizan rápidas. Pero se cansan, porque al caer la tarde, ya exhaustas, se ve como el cielo habiéndolas apachurrado se recarga en la tierra.
En los mapas Kabah no aparece como una gran ciudad, pero siendo la primera que se encuentra en la orilla de la carretera despierta curiosidad. Sin embargo, es una joya cubierta por ese manto verde. Es hermosa, sobria, sus edificios están decorados meticulosamente, arquitectura que maneja magistralmente el claroscuro. Además de las máscaras del dios Chac, de la lluvia, podemos ver algunos motivos ornamentales en excelentes condiciones, grecas, tramas, flores, empalizadas, ondas y otros más. La visita duró hora y media y sirvió de aperitivo para el plato principal de día.
Es una de las ciudades arqueológicas mas elegantes y bellas que he conocido. Sin duda es una de las más importantes ciudades mayas. En otra ocasión ya la visitamos de noche, en el espectáculo de luz y sonido que se ofrece en tiempo de secas.
Bien merece su tiempo. A la entrada de la zona se encuentran los guías. Me arreglé con el que me pareció más simpático y nos llevó a pasear.
Este viaje lo preparamos, previamente ya habíamos leído los resúmenes sobre los lugares que ibamos a visitar, así que le pedimos al guía nos platicara algo de lo que no se platica a los que la visitan por primera vez.
¡Que grata sorpresa!, al tiempo que recorríamos el Cuadrángulo de la Monjas, el Juego de Pelota, el Templo de las Tortugas, el Palacio del Gobernador, el Palacio de las Palomas y otros, nos ofreció lo inusual: el hombre iba declamando poemas de amor, tanto de poetas mexicanos como extranjeros; Gabriela Mistral es su favorita; al tiempo que los interrumpía para señalar algún detalle, algún nuevo hallazgo sobre los edificios. Nos despedimos en el Palacio del Gobernador y regresamos al paso, deleitados por la magnificencia de la ciudad.
Al pie de la Pirámide del Adivino hay una pequeña arboleda singular: es una muestra de los árboles que se encuentran en la región y el uso que tiene cada uno, bien interesante. Ahí tomamos agua hasta ahogar los pretextos y subimos la pirámide bajo el sol mas duro, el de las 2 de la tarde, y mas de 40°·C.
La vista es sobrecogedora: un mar verde que se extiende hasta la lejanía, abajo se sentía el sofocón del medio día. Arriba, el viento parecía brisa, fresco, perfumado, constante. Esta pirámide tiene las esquinas redondeadas y pendiente exagerada. Al pie siempre se encuentra una ambulancia, yo digo que debiera ser una carroza porque si alguien cae no se lo lleva vivo.
Nos indicaron un restaurante para comer, pero no nos quedamos. Nos fuimos a Mérida. Como era domingo circulaban pocos automóviles y llegamos al centro rápidamente. La Plaza estaba cerrada al tráfico y listos un tablado, bocinas y conjuntos musicales y folclóricos. Nos sentamos en un restaurante y al tiempo que comíamos escuchamos la música yucateca de la plaza.
Cancún
Mientras comimos lavaron el coche, hasta parecía que no se usaba. Nos enfilamos al poniente hasta dar con la salida y tomamos la carretera a Cancún.
Esta carretera es ancha, de tres o cuatro carriles y se transforma en autopista. Esta autopista es nueva, ancha y recta y va hasta Cancún. Es tan recta que produce aburrimiento, pero es tan sola; no pasa por ninguna población; que uno piensa que en caso de avería no habrá nadie que lo pueda ayudar.
A eso de las nueve llegamos a Cancún, buscamos el hotel y bajamos todas las cosas del auto, no parecía que solo ibamos por una semana, sino por tres meses. Compramos un botellón de agua; 20lt; que nos pareció exagerado, preparamos la cena y como si fuera cosa extraordinaria, vimos la tele y nos dormimos.
En la mañana, después de desayunar fuimos a la playa del hotel. Es de arena muy blanca y fina, pero la playa es tan baja que tienes que caminar como cien metros antes de mojarte la barriga. Nos fuimos a buscar otras.
Los días siguientes pasaron lentamente. De manera imperceptible desapareció el calor. Un día, no hicimos n-a-d-a, otro, fuimos a t-o-d-a-s las playas. Compramos otro botellón de agua y encontramos una playa muy buena: Playa Delfines.
Playa Delfines está entre la zona hotelera y el parque acuático. No hay hoteles cerca, lo que significa menos gente, su arena es fina, la playa es baja y a eso de las cinco, con el sol poniéndose, el mar se transforma de azul turquesa en azul rey, intenso, precioso. El oleaje es suave y amable, el agua, tibia y salada. De todas maneras no pasó desapercibida una ambulancia de rescate, que nos dijeron que estaban ahí porque era la base, no porque fuera una playa peligrosa. Esta playa la visitamos todos los días siguientes.
Saliendo de Cancún hacia el sur, una carreterota costera de 200Km nos llevó a Tulum. Los edificios de esta ciudad están muy desgatados, tal es el precio de estar a la orilla del mar. Mas que ser bonita es rara.
Llegamos a las 10:00 pero ya había un mar de gente. Entre este mar de sombreros y mochilas se veían pieles quemadas unas y pálidas otras, asomando de las mas coloridas y variasdas indumentarias que se puedan conocer, contrastantes todas con el océano de todos los azules. Desde lo alto del Templo del Viento tomamos viento. Al darle vuelta se sientes como, en el costado en que sopla el viento estás fresco, pero en el que no, te rostizas.
Como parece que el objetivo de ir a Tulum es tomarse una foto sobre una pirámide a la orilla del mar, pues nos la tomamos. Pero, así como quien no quiere la cosa, esto tiene efectos mágicos que después comprendimos: quien se la toma tiene al verla gratos recuerdos y añora volver a estar ahí, tomando la brisa, viendo el mar, el cuerpo gozando el ambiente y la mente la compañía.
De regreso a Cancún paramos en Xel - Ha, pues ya conocíamos Xcaret. Este parque está en una caleta. Permite nadar con delfines, como pasar todo el día con el visor y snorkel viendo los peces que se refugian en sus aguas, como recorriendo un río entre el manglar. Son aguas de color turquesa, tranquilas y tibias, pero esto se paga con sangre y penitencia. Al regreso de nadar en el río nos asaltaron como diez mil moscos picones que nos obligaron a azotarnos con la ropa y correr descalzos.
Otra escala fue Akumal, una playa como pocas, pero en fin, esta costa tiene muchas playas como pocas y hay pocos lugares como estos, con tanto.
Chichen Itza
La ciudad de los itzaes es grande, reflejo de prosperidad y riqueza, tiempo y saber. Monumento sin igual, en verano, horno como pocos.
Llegamos a las diez de la mañana, ¿porqué siempre llegamos a las diez?. De entrada, está la pirámide de Kukulcán.
Esta es la pirámide en la que en el solsticio de primavera y en el de invierno "desciende" Kukulcán, la serpiente emplumada, en su escalinata norte. Este descenso consiste en la proyección de la sombra de los cuerpos de la pirámide sobre la escalinata. Al subir el sol las sombras ondulan sobre el costado de la escalinata como si se tratara de una serpiente en movimiento.
Aquí es patente que los edificios no fueron dispuestos para halagar la estética humana, no, están alineados con las estrellas, con el cielo, con los dioses.
Pero, con o sin solsticio, se trata de un edificio magnífico. Al oriente del mismo está el Templo de las Columnas o de los Guerreros, llamado así porque tiene muchas columnas y éstas están decoradas con efigies de guerreros. Ahora ya no se puede subir, antes si, y podía uno ver un par de columnas con serpientes emplumadas y un chac mol.
Una calzada parte hacia el norte y como a 500m está el Cenote Sagrado. Este es un cenote muy grande, es un agujero como de 100m de diámetro donde el espejo de agua está como a 50m de profundidad.
De regreso a la plaza de Kukulcán hacia el poniente está el Juego de Pelota. Este es de dimensiones descomunales, como para gigantes, es, creo, el más grande que se conoce.
Hacia el sur está el viejo Chichen, edificios de un estilo antiguo, donde vemos la constante de la arquitectura maya: los edificios son dinámicos, construidos sobre el anterior, de modo que en los flancos de algunos podemos ver parte del edificio que ahora queda dentro.
Los edificios de "El Caracol", un observatorio astronómico, y "las Monjas" son testigos de una época que vio ese sol abrasador hace muchos siglos.
De Regreso
Saliendo de Chichen Itza pasamos de largo por Mérida y Campeche. El regreso lo hicimos vía Ciudad del Carmen.
Esta carretera costera te deja marcado. De Champotón a Ciudad del Carmen ese mar sereno, colorido, de fuerte olor tropical te invita a parar, a sentir la fina arena y tibias aguas, es lo mismo que sintió Ulises: a Circe que te quiere retener, las sirenas que quieren atraparnos.
Pero no, vamos de regreso, ensordecemos nuestros oidos cerrando la ventanilla, sofocamos el olor del mar con el de un plátano y cegamos nuestros ojos con la vista fija en la carretera. Solo así podemos dirigirnos a ese infierno de concreto y automóviles en que habitamos, a ese lugar cerrado que llamamos ciudad en donde la rutina domeña espíritus y la tensión agota corazones.
Vamos de regreso con la promesa de volver y beber de la vida que emana esta región.
Ya en la noche llegamos a Minatitlán. Desayunaditos, de madrugada nos subimos al auto y tras horas de autopista de cuatro o más carriles llegamos a México en la tarde.
El shock climático de caliente a frío no fue tan intenso, solo nos pusimos nuestras chamarras y pasamos por locos donde la gente hasta sentía calor y nosotros no.
Ahora, a disfrutar de la piel quemada y arena por doquier, hasta las otras vacaciones.